viernes, 8 de octubre de 2010

Barro Seco.

Barro Seco.
  Aquel día el hombre había invertido su jornada al igual que últimamente, trabajando duro desde temprano y con una sola pausa breve al medio día para buscar algún bocado, mirando por la ventana de su rancho al furibundo sol hacer lo suyo afuera. Sus labores variaban poco de las de cualquiera en aquellas zonas, mano a mano día con día buscando prevalecer en la selva que por su parte vuelve a ser si misma sobre cada machetazo, sobre cada palada, colmando de manera espontanea todos los espacios en los que unos pocos lugareños buscan reposar la noche en paz. Ahora ya debía ser tarde, hacia horas desde que el hombre casi inconscientemente había guardado su herramienta, dejo las botas al pie de la solida puerta de troncos, y luego de limpiarse el barro de todo el cuerpo minuciosamente en la pequeña ducha, cocino cualquier cosa y se tumbo en la hamaca a leer, arrullado con el testarudo zumbido del viejo ventilador.
El hecho de que hubiese empezado a palear un zanjo aquel día no podía ser catalogado ni como casual ni como obra de un plan, como el mismo pensaría mas tarde, pues aunque sabía que las lluvias estaban por llegar, también podía haber empezado por reparar los techos de palma, o terminado de recoger y quemar varias montañas de  hojas secas, o retirado los troncos que caen atravesados, cambiar bombillos malos, desatorar tuberías; sus tareas iban pues dándose con la necesidad de cada mañana, sin principio ni fin. De esta manera, según pensaba tal vez debido a su frecuente soledad, así su vida fluía de forma mas natural dentro de ese nuevo universo; en el inconmensurable ecosistema en el que torpemente se sentía reptar, verde siempre sobre el fértil suelo pardo, húmedo y oloroso.
Tenía eso si para hacerse compañía y ayudarse en el monte dos perros de los endémicos en la zona: feos, malcriados, traicioneros y buscapleitos pero terriblemente fieles a su amo y a su territorio, que por la costumbre habían obtenido ya el cariño casi alcahuete del hombre y cuyo mayor pasatiempo consistía en atacar todo lo que pasara por el frente de la propiedad, ladrando endemoniadamente. También escuchaba a veces la estación de radio local y saludaba desde lejos a varios de los vecinos que esporádicamente pasaban por el camino que lleva al pueblo, en donde muy de vez en cuando aparecía e inclusive compartía tomando cerveza sentado en el piso afuera del abastecedor con el resto de los peones. Allá en la ciudad estaba su mujer, a quien amaba como nunca amo antes, y el resto de su familia a quienes empezaba a extrañar apenas se quedaba desocupado lo suficiente como para ponerse a pensar en su antigua vida. Esa noche sin embargo no había espacio para cavilaciones, estaba cansado y no puso resistencia al sueño, que ganaba poco a poco la batalla en forma de difusos recuerdos.
Fue en ese lapso cuando el hombre empezó a percibir los extraños ruidos que parecían provenir del otro extremo de la propiedad, al principio leve pero de manera ya inconfundible y frenética luego de un poco rato. La noche en la selva es una sinfonía de incontables partes, rítmicos y agudos insectos en las cercanías, variopintas y nostálgicas melodías aladas en los nidos de los arboles, esporádicos, misteriosos y graves ecos de los monos en el fondo, excéntricos solos batracios por los rincones, el alto follaje silbando con el viento; la creación se une y cada ser aporta su particular sonido distintivo en la catarsis de la luna nueva. El hombre pudo reconocer a sus perros del otro lado de la puerta moviéndose agitados, mientras el ruido aumentaba allá en la oscuridad, como un gemido doloroso, a veces un susurro de lamento, de repente un violento aullido; no tuvo duda de que algo o alguien luchaba por su vida en el pedazo de selva que se dispusiera un día a convertir en su hogar.
Ahora estaba bien despierto, sabía que en la oscuridad total es arriesgado salir a investigar, incluso con la compañía de sus perros, y aunque conocía bien el terreno, una vez llegando allá no podría ver nada entre la maleza y los arboles. Entonces empezó a llover. En estas selvas costeras es regular que luego de un ardiente día, llueva torrencialmente, las altas montañas de la cordillera detienen el paso de las nubes, que acumulan el vapor del día y descargan su vital contenido al descender la temperatura con el ocaso. Allá no hay estaciones, llueve siempre, y cuando sale el sol, sale furioso. El apabullante ruido de las gotas cayendo sobre la palma seca hizo que el hombre aflojara el puño de su inseparable machete, estaba ahora sentado en la hamaca con el cuerpo en dirección de la puerta, pero el agua le hizo darse cuenta de que no iba a poder hacer nada por lo que fuera que se lamentaba allá afuera. Pensó en la cantidad de animales que pueden encontrarse por aquellas lejanías y considero la remotidad en las posibilidades de que fuera una persona, otro criatura como él, pues nadie pasaba por aquel camino a esas horas, y el que lo hiciera pensaba, andaba amparado a su suerte; lo mismo que él si dejaba su rancho a la media noche bajo semejante aguacero. En poco tiempo el ruido de la lluvia sobre el bosque disipo cualquier otro sonido y confabulando con el cansancio le inclinaron poco a poca hacia atrás hasta dejarle dormido en la hamaca.
Despertó en la mañana y sin buscar una camisa ni tomarse el café del día anterior, se puso las botas mientras constataba que sus perros no estaban ahí en la puerta esperándolo como desde que los recibiera siendo cachorros, y brincando entre los grandes charcos que dejara el temporal, se encamino por el trillo hacia desde donde instintivamente pensara que provenía el ruido de la noche anterior, sitio desde donde ahora entre más cerca estaba le parecía escuchar a sus dos perros ladrando. Aun usando toda su atención en transitar el difícil camino, y pensando en lo que podía encontrar allá del otro lado, no pudo el hombre dejar de notar la casualidad, pues estaba brincando sobre sus mismas pisadas en el barro; los ruidos venían de la zanja que le destruyera las manos y la espalada todo el día anterior. La idea de estos canales es trazar una ruta para que el agua de lluvia que baja por las laderas encuentre su camino hacia la quebrada que da al mar, sin inundar la parte del terreno habitada por los seres humanos. La mitad del trabajo es hacer la zanja, y la otra mitad es mantenerlas siempre libres de sedimento que la entierren en menos tiempo del que toma hacerlas, así que el hombre no tuvo que llegar muy cerca para ver que no solo algo estaba obstruyendo su zanja de medio metro de alto, sino que los perros estaban alrededor de ese algo acechandolo con ruido infernal como si se tratara de una presa de caza.
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El pobre animal obstruía el caño como quien dignamente no espera nada más, la respiración agitada pero constante, las garras estiradas y los ojos bien abiertos. Algo así pudo ver el hombre al separar sus fieras de la masa de barro, hojas secas, ramas y olor a podrido que acompañaba la difusa silueta palpitando con dificultad en el charco. En un impulso primario arrojo el machete y se acerco al perro moribundo, e inclinándose hacia este trato de sacarlo alzado del zanjo, pero respondió muy distinto a sus zaguates, atacando con fuerza que no le correspondía en lógica anticipo el movimiento del hombre y lo mordió en la mano arrancándole un grito que perdió el eco largo en la montaña alta. Los animales del monte saben muy bien siempre con cuanta fuerza manejarse, y aunque sintió adolorida su derecha no fue perforado por el sucio colmillo.
Enfurecido por el susto el hombre se ve erguido observando a su exhausto ofensor. Es uno de los muchos que se ven por toda zona rural, mezcla de nativo con insertado, de pura raza con callejero, grande aunque flaco, patas muy largas orejas muy cortas, altivo y descuidado; es común que los perros en aquellas zonas desarrollen la costumbre de salir en la oscuridad de la noche a cazar aves, inclusive mamíferos pequeños o tomar agua en alguna quebrada cercana, siendo estas conductas que muchísima gente educa en sus animales. En la selva no obstante se piensa que a veces una suma de exceso de curiosidad y falta de experiencia pueden llevar a un perro o inclusive a una persona a enfrentar un encuentro desafortunado, como con un insecto, un arbusto, un anfibio o un reptil venenoso, el hombre lo nota al poco tiempo de observar tan desafortunado intruso. Ahora ya está acostumbrado a ver diariamente en el camino de polvo culebras destripadas por algún esporádico neumático de los que serpentean a su modo rumbo al pueblo; de coral, de terciopelo, otras con nombre indígena, pueden en el mejor de los casos hacer convalecer un mes, si la victima logra aguantar dos horas hasta el rustico y único hospital, o hacen morir junto a su verdugo como única compañía y uno deja de sufrir viendo los rayos del sol atravesar el follaje, entendiendo la razón de todas las cosas.
Decide probar una nueva estrategia y cruzando de un salto al otro lado del zanjo trata de tomar al animal por una de sus patas traseras, para lo cual hunde la mano entera en el barro; no hubo apenas tocado algo peludo cuando el animal lanzo un estridente aullido y sacudió la cabeza desesperadamente en el charco. Retrocede ante el inesperado rechazo aun confundido perceptualmente por la masa de barro, pelo y olor que no parece decidirse entre ser un animal o revolverse con las capas de sedimento, y con el impulso del reflejo corre de vuelta hasta su rancho de donde toma  la botella de agua limpia que dejara olvidada al salir y el trasto de sus animales, y volviendo sobre el barro que salpica flores purpura vuela hasta arrodillarse nuevamente para poner con sumo cuidado el pote de agua cerca del perro que aunque respira ya no mueve la cabeza mitad sumergida en el charco. El hocico del animal nota eventualmente que hay agua fresca y alimento para perro en un plato, olisquea sin saberlo y trata de lamer las pequeñas y solidas formas de hueso, seguramente siente el calor del sol solidificando el barro en todo su cuerpo famélico, sabe quizás que gracias a alguien tiene acaso un día mas de vida, pero aun así no come y dificultosamente toma un sorbo, este le ayuda en un hondo suspiro que hace inflar su tórax como una bola en el barro ensanchándose arrítmicamente mientras bloquea la zanja que el hombre observa ahora mientras se dice, debió haber hecho antes de las lluvias.
Y se ven uno al otro, el hombre observa aquel animal moribundo, negándose por instinto a dejar de existir, quiere seguir andando esos montes, comer cualquier cosa, ver la luna llena iluminando la selva inexplicable. Pero en fin es un perro callejero a punto de morir posiblemente envenenado y atascado en el zanjo que anegara el temporal de la noche anterior, la suma de su pobre estado y sobre todo la desesperación en su mirada, no dejaron duda en el hombre de que el cadáver tendría que ser sacado pronto, una vez inofensivo. Desde esa perspectiva se pregunta ahora más sereno por su estrepitosa reacción, deja de ver al animal de tanto en tanto para respirar hondo lanzando su enfoque hacia la saturación del verde que lo rodea, sus perros ya no hacen más que tímidas señales con la nariz, que se diluyen con el perpetuo rumor de la montaña, y como esporas flotando millones de insectos atraviesan los rayos del sol filtrados por los arboles más altos. El hombre se ha sorprendido a si mismo embelesado por estas proyecciones cromáticas muchas veces, los ojos entrecerrados por el brillo y el sudor, hipnotizado por el ronroneo de infinitas formas de vida. Vuelve a fijar la atención en sus pies y  no termina de justificar del todo la utilidad de haber dado agua y alimento al pobre animal agonizante, corriendo por el trillo embarrialado con el calor de la mañana que ya se empieza a sentir con más fuerza.
El perro debe haber visto también al humano que lo merodea, gruñe dificultosamente con el único ojo que sobresale del charco fijo hacia éste, su mano no es tan dura como las que lo han golpeado antes, y se mueven de manera irreconocible, flotan suavemente pero seguras, sus perros le obedecen y les da alimento, se arrodilla hasta el nivel de ellos. Es joven y sano aunque un poco delgado, pero por sobre todo tiene la mirada distinta a la de los demás humanos que ha visto por allá, sus ojos parecen delatar que fue puesto en la selva hace poco y en condiciones que no le permiten dejar de pensar en conceptos que, por su parte, el perro no considera ni aun en la crucial situación en que se encuentra, tales como el pasado, el futuro y el paso del tiempo. Ambos coinciden sin poder saberlo en algo que los pone evidentemente en común, están solos y los dos han visto tiempos mejores.
El hombre paso todo ese día rondando cerca del zanjo, dejo que se le pasara la mañana recogiendo sin ganas troncos y ramas secas que apilo a una distancia cautelosamente cercana al animal, pensando quemarlas luego para calentarlo si se secaban en el mejor de los casos. Luego de comer algo en su rancho al medio día regreso allá comprobando con gusto que el perro había tomado más agua y vuelto a lamer el alimento, así que decidió dejarlo otro rato solo, curioso de si repondría fuerzas o terminaría de morir cubierto de lodo. Aquella parecía que iba a ser una tarde caliente, el monte húmedo de la noche anterior transpira en el sol envolviéndolo todo en un éter casi palpable, y el hombre ve como la capa de barro que cubre la totalidad del cuerpo del perro empieza a endurecerse aclarando su color a un marrón arenoso, que se empareja a lo largo del surco en la tierra, además el pelo del animal parece ser también pardo lo que complementa el camuflaje de tonalidades y texturas mezcladas en el charco. Pone agua limpia en su mano y arrodillado la deja gotear sobre el hocico del animal inmóvil, pensando en limpiarle un poco el lodo que se empieza a secar por toda su cabeza.
El resto de la tarde  se lo paso bajo el calor en el monte cercano a su rancho, cortando con descuido algunos brotes, a ratos sentándose distraído  al pie de algún árbol. Piensa en todas las tareas que está retrasando sin motivo, piensa en el perro que agoniza en su zanja cubierto de sedimento, pero por sobre todo tiene la cabeza fija en algo que no precisa describir bien pero que indefectiblemente  tiene su origen en lo que el hombre trata de ver como su lejano pasado. Se palmea con fuerza la espalda al notar repentino el agudo ardor de alguna purruja picando entre las miles que revolotean animadas por el sudor  alrededor de su cuello. Más tarde intenta reparar una baranda de troncos que fuera derribada por una rama durante la tormenta, dándole forma a los troncos nuevos con el machete, calzándolos uno por uno en complejo entramado. Entre sonidos metálicos y astillas vuelve la vista de tanto en tanto con dirección al zanjo del otro lado de la propiedad,  sobresaltándose cada vez que el machete choca en seco como resultado de un corte impreciso. El hombre reposa entonces para ver sus manos temblorosas por el esfuerzo y cuadriculadas de cicatrices frescas y maduras. El trabajo del monte le ha dejado poco a poco evidencia física en forma de bajo relieve, que se transmite en cada apretón de esa mano que aunque callosa, obviamente no siempre empuño el machete, como lo evidencia él mismo girando su izquierda de palma al sol, para recordar la vez que casi se corto un dedo mientras simplemente podaba un arbusto; el miedo de morir desangrado antes de llegar al lejano hospital neutralizo el miedo a una infección, mientras envolvía la mano trémula en su camiseta y se paraba en el medio del camino a esperar que por un milagro pasara un vehículo dispuesto a llevar un lugareño sucio y sangriento. Ahora ve a contraluz de canto al sol la forma curva que dejara el cuchillo una vez que la piel sano, y más hacia el fondo su pequeño rancho, los perros duermen a la sombra confiados de que su amo trabaja cerca, y espera que tal vez el perro envenenado se sienta de mejor ánimo para comer estando solo. Al atardecer vuelve allá y nota con alegría que el perro moribundo a salido de la presa de barro, y yace aun dentro del zanjo pero en la parte menos inundada.
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Las noches en solitario son una rutina relativamente nueva para el hombre, sin decir que ahora duerme bajo un techo de hoja de palma, estilo indígena, que bien cuidado puede durar veinte años. Su rancho no obstante está rodeado de arboles, por lo que la humedad y la sombra han ido favoreciendo poco a poco en el techo flora de curiosos tipos y colores, que dan al conjunto de la pequeña estructura una apariencia casi viva, como si el rancho hubiese salido también de una semilla, y los troncos hubieran tomado al crecer su forma recta, en pequeñísima y frágil excepción. Ciertos días pasa que al amanecer, alguna manada de monos aulladores hace ruidosa escala en las ramas del árbol que da a su ventana, desgalillados según se dice pidiendo por la lluvia, a lo que el hombre despierta para quedarse grandes ratos acostado boca abajo y apoyado en sus codos, admirando aun medio en sueños el curioso actuar de semejantes criaturas, casi tan parecidos a él, pero sin rasgo alguno de confusión. Lo que más le gusta son los monitos bebes jugando inocentes alrededor de sus pacientes padres, que mastican algún fruto o sostienen un brote como pensativos, con la mirada perdida en el fondo del bosque.
Tiene los ojos puestos en una lagartija que posada en una viga devora rápidamente una palomilla que aterrizara un instante, y luego se fija por costumbre en una mancha del techo en la que siempre le ha parecido ver la forma de algo tenebroso. Al principio le inquietaban los cientos de insectos que pululan entre las hojas de palma arriba suyo, tuvo mosquiteros y llego a sentir pánico al ver uno o varios alacranes avanzando hábilmente suspendidos hacia abajo, pero ahora yace casi como un autómata con las manos entrelazadas bajo su cabeza. A su lado en una pequeña mesa hecha de bruscas tablas, un par de libros y una foto enmarcada de una mujer que sostiene una copa de vino con las luces de la ciudad de noche como fondo. Sobre el pecho y abierto para no perder la pagina, un ejemplar pequeño y gastado de Las noches blancas de Dostoievski se balancea rítmicamente, manteniéndose inmóvil por un segundo de vez en cuando con un hondo suspiro. La lectura es su compañera mas apegada, le permite evadir a ratos parte de sus tribulaciones, imaginándose como real el sufrimiento de los personajes y celebrando en lo profundo su redención. En el pueblo se le ve con frecuencia al hombre silencioso leyendo bajo una palmera, dando sorbos a su cerveza de tanto en tanto como para ver distraído a su alrededor. El cine le es cosa del pasado y al igual que con la música, se entretiene con lo que estén programando en el pequeño negocio donde consigue sus escasas provisiones.
Pero esta noche no están ni Quiroga ni Kafka, no se escucha otra cosa que algún insecto o lejos una rana, y la tenue luz de la candela con que trata de leer sale por la ventana apenas visible entre la enmarañada oscuridad de la selva. El hombre se enfrenta una vez más con sus pensamientos, el tiempo ha pasado y siente que ha estado durmiendo bien, había tratado de disciplinar su mente, nunca estuvo tan sano su cuerpo gracias al trabajo duro bajo el sol y la vida sencilla del campo, sin embargo tiene el alma gravemente infectada de nostalgia y en determinadas ocasiones es atacado por los síntomas, envenenado de dolor al pensar en las familias campesinas que ve pasar hacia el pueblo, no es justa su vida y son humildes, pero parecen tener la convicción de luchar y quererse juntos ante lo que sea, seguros de un futuro apacible. No podrá entender quizá nunca como cambia todo por completo un día, y herido se limita a tratar de seguir enfocado tan solamente en el instante para sobrevivir. Su solitaria labor con el tiempo ha dado frutos que  lo satisfacen pero aun así no puede ser feliz, recuerda esa mujer y su antigua vida, los errores que ya no puede reparar, la cadena de tristes eslabones que lo mantienen atado y en su situación actual, en ese lugar a donde juro sin creerlo que se iría para olvidar los restos de todo lo que tuvo, en ese rancho que incrusto en la selva buscando mimetizarse él mismo también para desaparecer con el tupido follaje. Sabe que poco vale lamentarse, debe actuar, ahí yace su única oportunidad. Piensa en el animal que muere solo en el barro allá al otro lado, si sobrevive se dice, lo dejaría viviendo con él, sus otros perros lo aceptaran, jugaran y lo divertirán. Tendrían un lazo especial.
Algún lejano pájaro nocturno en busca de pareja rompe con su lamento el susurro de la noche silenciosa y salvaje. Repentinamente lo invade la idea como un calor que tensa el cuerpo, como cuando al caminar de noche los relámpagos iluminan brevemente una ruta. Presiona sus ojos cerrados con las palmas de las manos y respira profundo, es posible se repite, tiene que ser posible, esta vez todo va a funcionar. Su nuevo perro lo acompañara y le ayudara. Quiere pensar que es una buena persona después de todos sus defectos, que la vida no es injusta para la gente sincera, que esta vez podrá y que hallara el camino. Pero también recuerda la forma en que se detuvo, retirándose de la inmisericorde carrera que le parecía vivir, condenado a no poder volver a empezar desde donde  ahora sabe que era donde quería llegar. Sigue enfadado con la cuidad que le es hueca con respecto al indescriptible rebosar del monte, mas es allá entre líneas rectas y colores opacos que se encuentra lo único que puede colmar el hueco que trajo en su corazón. La lagartija avanza por el techo como apurada, desapareciendo entre un pliegue de las esteras, y el hombre gira su cabeza de lado hacia el portarretratos en la improvisada mesa, lentamente se va quedando dormido, ondulan en su mente escenas de película en donde una mujer llora de espaldas, canciones que no tienen que ver con cine y algo como el cada vez más lejano aroma de unas manos pequeñas y macizas. Otra desafortunada palomilla es tentada por la luz y estrella su irregular vuelo contra la llama de la candela, que se apaga con un leve chasquido aunque ya el rancho se empieza a delinear entre los primeros rayos del alba que deja pasar la montaña.
Al despertar comprueba que ha dormido solo un par de horas, es necesario que actúe lo más temprano posible. Sumerge la cabeza en uno de los baldes con que recoge agua turbia de un pozo como para despertarse, y saca una camisa doblada de la gaveta, tiene cada movimiento planeado pero se siente como impulsado por una fuerza ajena y superior. Al salir llena el plato de sus perros que ladran con algarabía celebrando el cumplimiento de un ritual diario en el que juegan y pelean con estruendo para entretenerle antes de que salga al monte, pero el hombre sigue adelante sin apenas más que unas palmadas en cada inocente cabeza peluda, y se enfila por el solitario camino polvoriento que da al pueblo en donde nunca sucede nada. Las mascotas se quedan al borde del camino, se sientan un segundo y avanzan luego un par de pasos hacia adelante o hacia atrás sin saber qué hacer.
Algún pescador estará ya ahí cumpliendo sus propios rituales del amanecer, le verá avanzar decidido hasta el teléfono público con el desgano y la curiosidad de una rutina brevemente alterada, de una esporádica estrella fugaz. Esta vez sacara todo lo que tiene guardado hace tanto tiempo, ya no puede soportarlo. Si todo sale bien se dice, será uno más o quizá el único que tome ahí mismo el destartalado autobús que circula un par de veces al día entre la delgada y frágil vena abierta en la densa jungla. Los perros estarán bien por su cuenta un par de días, se pondrán nerviosos si lo huelen al pasar levantando polvo por la entrada, pero luego se concentraran en su labor de cuidar esperando. Cerrara los ojos en algún asiento de los últimos y tratara de dormir para que se le haga más rápido el camino, aunque reconoce que el torbellino en su alma quizá no permita que paren de volar tantos pensamientos en su cabeza. Casi puede verse llegando, tocando a la puerta con nada sino el corazón en la mano.
Los perros le ven regresar a un paso más lento que el habitual, sin embargo se alegran por el regreso a la rutina y corren estrepitosos a lamerle las manos brincando a su alrededor. Sin ponerles atención y en vez de entrar al rancho sigue directo internándose en la trocha hacia el zanjo. Usualmente va por este camino tratando de descubrir alguna colorida rana en el sutil movimiento de una hoja, o algún raro pájaro en las ramas de lo alto al escuchar un original canto. Esta vez parece no estar viendo más que sus botas en el barro seco. Al llegar se topa con un hueco en la protuberancia del día anterior, una silueta vacía con forma de animal en el barro junto al plato volcado y un poco de alimento esparcido. De nada le sirve buscar por los alrededores, sus perros ni siquiera han venido con él, acostados uno junto al otro en una esquina afuera del rancho. Luego de un rato inmóvil frente a donde estuviera el perro moribundo, da vuelta y se encamina de nuevo hacia el pueblo, pasando de largo una vez más por la puerta abierta del rancho donde sus perros le observan con la nariz baja. El día es gris y pronto cae una llovizna, los animales buscan techo sabiendo que lloverá pronto. Les despierta más tarde el ruido de pasos inseguros y torpes en los charcos afuera, en la puerta el hombre se quita la camisa empapada. Evitan ir hacia él pues ven que trae una botella, sujetándose penosamente se sienta en la hamaca sosteniendo la cabeza baja con los codos en las rodillas. La lluvia ensordece todo alrededor, enormes gotas percuten sobre las hojas que agradecen en un aplauso abrumador. Toma el retrato de la mesa, toca el vidrio con un dedo que desliza suavemente, y lo devuelve cuidadoso ahora vuelto hacia abajo, le pone un libro encima y toma un trago cerrando los ojos con fuerza. ¿Se habrá ido a morir lejos, aun con mayor soledad? ¿O sanaría la pobre criatura y volvería a su hogar?

Hace ya bastantes años paso una cosa y la idea me llego como una pedrada. -hey, en vez de llamarlo para contarle voy a escribirle a mi papa un cuento como los que nos gustan para darselo ahorita que cumple años. Es facilisimo creer que uno visualiza la totalidad de algo, pero reunir cada parte es diferente. Ahi estuvo el documento engavetado por años, a ratos lo abria y escribia una frase, cambiaba un par de palabras añadia o quitaba un adjetivo. La hablada era que nececitaba "un final". Curioso que entonces tambien se alternaban dias soleados con dias lluviosos, en estos dias vienen las llenas, pero eso solo significa que ya casi es verano.
Mi padre cumplio 65 años el domingo pasado pero comparado con 4 o 5 años un par de dias mas de atraso no son nada. En todo caso no es la gran cosa tampoco. Eso si leer puede ser tedioso pero escribir tambien. Ademas hoy es viernes asi que apenas para agarrar el texto y echarlo en el i-pad.

3 comentarios:

Guillermo Durán dijo...

Excelente mae!.... me gustO un monton

MarZul dijo...

Muchas Felicidades Exc talento!!! Explotelo!!!!

tetrabrik dijo...

lo leí, gracias por enviármelo. y seguiré pasando para encontrar cosas así. gracias otra vez